Buenos días Insiders,
Ayer pasó por la tienda un señor de esos que te cuentan la vida sin levantar la voz.
Se dedica a comprar y vender por mercadillos. Va afinando el ojo con los años, como quien aprende a distinguir lluvia de niebla. Y venía con una historia curiosa: ha desmontado casi 100 relojes de plata. No para coleccionarlos. No por nostalgia. Para vender las cajas.
Y sí: ha venido a Cornellà a colocarlas.
Cuando abrió la bolsa y empezaron a aparecer las cajas —unas más gastadas, otras con el brillo apagado, casi todas con marcas de tiempo— me dio una mezcla rara de sensaciones.
Porque, por un lado, es puro oficio: ver dónde está el valor, separar, clasificar, moverse.
Pero, por otro… cada caja de reloj es literalmente eso: tiempo. Tiempo de alguien. Regalos. Herencias. Cumpleaños. Primeros sueldos. Y ahí estaban, ya sin maquinaria, ya sin historia “entera”, convertidas en plata que pesa.
La plata es el metal que más fácilmente tratamos como “segunda división”.
Como si fuera “lo que queda”, “lo que sobra”, “lo que no importa tanto”.
Y sin embargo, en la mano, la plata te recuerda lo contrario:
no necesita gritar para tener valor.
Hoy, el mensaje que me ha dejado esta visita es simple:
La plata no solo se vende: se entiende.
Porque no es lo mismo:
una pieza plateada (bonita, sí, pero sin plata), que
una pieza de plata de ley, que
una pieza con valor histórico o coleccionable (que a veces vale más “entera” que por gramos, aunque es muuuuuy difícil…).
En su caso, ya estaba desmontado. Ya era “caja”. Ya era “material”.
Así que hicimos lo que hacemos siempre: verificar, pesar, valorar con calma. Transparente, sin teatro.
Y aun así, me quedé pensando en lo rápido que una historia puede convertirse en metal… si no te paras un segundo antes.
P.D.: Si este email te ha hecho perder el tiempo… puedes recuperarlo dándote de baja al final de todo.
Nos leemos mañana,
Jesús — Andorrano Insider
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