Buenos días, Insiders:

Prepara café, que hoy toca Domingo de historietas. ☕

Y la de hoy empieza como empiezan muchas grandes historias:

Con unos tipos tirando una fortuna al río porque les molestaba.

Un río en Colombia y algo que sobraba

Nos vamos al Virreinato de Nueva Granada, siglo XVIII.

Los mineros del río Chocó llevan años extrayendo oro, pero hay un problema: aparece mezclado con un metal grisáceo, pesado y tremendamente difícil de separar.

No brilla como el oro.

No parece plata.

Y, para rematar, complica todo el proceso.

Lo llamaron platina.

El diminutivo de plata no era precisamente cariñoso. Venía a significar algo así como plata de segunda división. Un residuo incómodo que aparecía sin invitación y que nadie sabía cómo quitarse de encima.

Para los mineros era escombro.

Ese “escombro” era platino. 🪨

El científico que miró la basura dos veces

En 1735 llega a América una misión geodésica española para resolver una cuestión que tenía entretenida a media Europa: saber si la Tierra estaba achatada por los polos o alargada.

Entre los expedicionarios viajaba Antonio de Ulloa, uno de los grandes ilustrados españoles.

Y Ulloa volvió a Europa con algo bastante más interesante que una discusión sobre la forma del planeta: noticias de aquel extraño metal que los mineros despreciaban.

Los químicos europeos comenzaron a estudiarlo.

Era muy denso.

Durísimo.

No se corroía.

Los ácidos apenas le hacían cosquillas.

Solo tenía un pequeño inconveniente: fundía a 1.768 °C, casi el doble que el oro o la plata.

Es decir, habían encontrado un metal extraordinario… que no sabían trabajar.

Un clásico de la humanidad: primero descubrimos algo y luego ya vemos qué demonios hacemos con ello. 😅

Madrid, capital mundial del platino

Los reyes españoles entendieron el potencial.

España controlaba Colombia y, por tanto, prácticamente todo el platino conocido. Así nació en Madrid la Casa de la Platina, donde trabajaron algunos de los mejores químicos europeos.

El francés François Chabaneau consiguió finalmente producir platino maleable y razonablemente puro.

A partir de ahí comenzaron a fabricarse instrumentos de laboratorio resistentes a los ácidos y con una durabilidad inédita.

En 1788, Carlos III regaló al papa Pío VI un cáliz de platino.

Un metal que solo España sabía trabajar, convertido en regalo diplomático para el Vaticano.

Bastante más elegante que mandar una cesta de Navidad.

Incluso se planteó acuñar monedas.

Pero la tecnología todavía no estaba preparada.

Y entonces llegaron los franceses.

En 1808, las tropas napoleónicas saquearon la Casa de la Platina.

Fin del monopolio español. Fin de la fiesta. 🇫🇷

Rusia dijo: hagamos dinero con esto

Dos décadas después aparecieron enormes depósitos de platino en los Urales.

Rusia acababa de salir de las guerras napoleónicas con las arcas temblando y, de pronto, tenía montañas de un metal raro que nadie sabía muy bien para qué utilizar.

El ministro de Finanzas, Georg von Kankrin, propuso una solución sencilla:

Convertirlo en dinero.

El ingeniero Piotr Sobolewski y su equipo desarrollaron un sistema revolucionario. En lugar de fundir el platino, lo purificaban, lo convertían en polvo y después lo compactaban mediante presión y calor.

Pulvimetalurgia.

O, dicho de otra manera:

Hicieron monedas sin necesidad de derretir el metal.

En 1828, Rusia estrenó el primer —y único— sistema monetario trimetálico de la historia: monedas de oro, plata y platino circulando simultáneamente.

Se acuñaron piezas de 3, 6 y 12 rublos.

Sobre el papel, una idea brillante.

En la calle, no tanto.

El público dijo: “eso no lo quiero”

Las monedas eran grisáceas, apagadas y pesadas.

No brillaban como el oro.

No tenían la elegancia de la plata.

Y su aspecto no transmitía precisamente riqueza imperial.

La gente las apodó chervonets grises o incluso “burritos”.

No triunfaron.

Durante 17 años se acuñaron unas 15 toneladas, pero muchas monedas terminaron acumuladas en bancos en lugar de circular entre el público.

Y en 1845 llegó el golpe definitivo.

El precio internacional del platino cayó. Si el metal de las monedas valía menos que su equivalencia oficial en oro, cualquiera podía entregarlas al banco y exigir oro a cambio.

Un arbitraje perfecto.

Para el ciudadano, claro.

Para el Imperio ruso, una ruina con águila bicéfala. 🦅

El Gobierno reaccionó deprisa: dio seis meses para devolver las monedas y las desmonetizó.

Años después, gran parte de aquel platino fue vendido a refinerías europeas.

Y fundido.

El metal que había costado décadas aprender a trabajar terminó otra vez dentro de un horno.

El último giro de guion

A finales del siglo XIX, algunos coleccionistas rusos quisieron completar todas las fechas de la serie.

El problema era que ciertos años apenas se habían acuñado dos o tres ejemplares.

La solución fue tan práctica como escandalosa: pedir a la propia Ceca que utilizara los cuños originales para fabricar monedas nuevas.

Estas reacuñaciones se conocen como novodels.

A simple vista son casi idénticas a las originales. Pero el metal las delata.

El platino antiguo contiene impurezas inevitables para la época e incluso puede presentar un ligero magnetismo. El de las reacuñaciones posteriores es mucho más puro.

Cada impureza cuenta una historia.

Cada grieta funciona como una firma.

Y cada moneda guarda la tecnología de su tiempo.

Lo que nadie quería en el río Chocó terminó siendo el pilar de un sistema monetario, un regalo para el papa y una obsesión para los grandes coleccionistas rusos.

A veces la basura solo necesita que alguien la mire mejor.

O que pasen cien años y suba bastante de precio.

Un abrazo,

Gracias también a Adolfo Ruiz Calleja, de Blog Numismático, por la información facilitada para preparar esta historieta.

Jesús — Andorrano Insider

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