Buenos días, Insiders:
Antes de seguir, dejemos una cosa clara:
Somos muy fans de las criptos.
Nos encantan.
Y lo repetimos siempre: el oro, la plata y los criptoactivos no son enemigos. Son activos totalmente complementarios y, bien dimensionados, deberían convivir en cualquier cartera.
Así que este no es el típico email de:
“¿Veis? Bitcoin era humo”.
Nada más lejos.
Pero esta semana ha ocurrido algo que merece una reflexión.
Un ladrón que quiera robarte el oro normalmente necesita saber dónde está.
Para robarte bitcoin, puede que ni siquiera necesite saber en qué país vives.
El protagonista de la historia es Coldcard, una cartera física diseñada exclusivamente para custodiar bitcoin.
Aunque solemos decir que “guarda tus bitcoins”, realmente los bitcoins siguen registrados en la blockchain. Lo que protege el dispositivo son las claves privadas que permiten moverlos.
Dicho de otra forma:
No guarda el tesoro.
Guarda la combinación de la caja fuerte.
Coldcard puede utilizarse sin conexión directa a internet y está considerada una de las opciones más seguras dentro de la autocustodia.
El problema es que, en determinadas versiones de su firmware, el sistema encargado de crear las frases semilla no generaba tanta aleatoriedad como debía.
La frase parecía imposible de adivinar.
Pero no lo era tanto.
La caja fuerte estaba cerrada.
La combinación, sencillamente, había nacido con muchos menos números posibles de los que todos creían.
El 30 de julio, los atacantes vaciaron 1.196 direcciones y se llevaron alrededor de 1.083 BTC, valorados entonces en 70,2 millones de dólares —unos 61 millones de euros—.
Todo en 41 minutos.
Después llegaron nuevas oleadas y la estimación total terminó acercándose a los 114 millones de dólares —unos 99 millones de euros—.
No necesitaron entrar en ninguna casa.
No necesitaron abrir una caja de seguridad.
Ni siquiera tuvieron que tocar físicamente los dispositivos.
Podían reconstruir las claves desde un ordenador situado a miles de kilómetros.
Y aquí aparece la comparación.
Por supuesto que el oro también se puede robar.
No vamos a decir ahora que un lingote tiene capa de invisibilidad.
Pero para robar oro físico normalmente necesitas desplazarte, encontrarlo, acceder al lugar, cargar con él y salir sin que te pillen.
Hay tiempo.
Hay fricción.
Hay riesgo físico.
Precisamente lo que hace menos práctico al oro para mover patrimonio rápidamente es también lo que dificulta robarlo desde la otra punta del mundo.
Con bitcoin sucede casi lo contrario.
Su enorme ventaja es la portabilidad.
Puedes mover una cantidad importante de patrimonio en minutos, cruzar fronteras sin transportar una maleta y custodiarlo mediante unas palabras.
Pero esa misma portabilidad hace que, si alguien consigue las claves, la distancia deje de protegerte.
La debilidad del oro es la fortaleza de bitcoin.
Y la debilidad de bitcoin es, en parte, la fortaleza del oro.
Uno es físico, pesado y lento.
El otro es digital, portátil y prácticamente instantáneo.
Uno obliga al ladrón a entrar en el mundo real.
El otro puede ser atacado desde el mundo digital.
Por eso creemos que la discusión “oro contra bitcoin” está mal planteada.
No se trata de decidir cuál gana.
Se trata de entender qué riesgo cubre cada uno.
Lo inteligente no es elegir un único ganador. Es combinar activos cuyas debilidades no coincidan.
Porque una caja fuerte puede estar desconectada de internet…
pero la seguridad empieza mucho antes de cerrarla.
Nos leemos mañana,
Pep — Andorrano Insider
PD: Si quieres sacar estos emails de tu cartera, puedes darte de baja al final. Tardarás bastante menos de 41 minutos y prometemos no perseguirte por la blockchain. 😄
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