Buenos días, Insiders:

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Hoy toca Domingo de historietas. ☕️

Nos vamos a San Sebastián, septiembre de 1868.

Isabel II está veraneando.

Tiene 37 años y lleva siendo reina prácticamente desde que aprendió a andar.

Su padre, Fernando VII, murió cuando ella tenía tres.

Desde entonces ha vivido rodeada de regentes, generales, conspiraciones, guerras carlistas, gobiernos que entraban y salían…

y una corte donde probablemente era más fácil encontrar un complot que una persona de confianza.

Digamos que su infancia no fue exactamente ir al parque y merendar Nocilla.

👑 Pero había algo que Isabel dominaba bastante mejor que la política: las joyas.

Le fascinaban.

Tiaras.

Perlas.

Esmeraldas.

Rubíes.

Broches.

Pulseras.

Aderezos completos.

Cuanto más brillante, mejor.

El problema es que aquel verano de 1868 había algo que brillaba bastante menos:

España.

🔥 El país estaba hasta arriba

Crisis económica.

Quiebras.

Malas cosechas.

Descontento social.

Deuda.

Militares conspirando.

Políticos conspirando.

Probablemente hasta el señor que vendía melones estaba conspirando.

Y el 17 de septiembre de 1868, en Cádiz, el almirante Juan Bautista Topete dijo basta.

La Armada se sublevó.

El grito elegido fue:

“¡Viva España con honra!”

Fíjate en el detalle.

No decía:

“Viva Isabel”.

Ni siquiera decía:

“Vivan los Borbones”.

Eso ya daba alguna pista sobre cómo estaba el ambiente.

😬

A la rebelión se sumaron dos nombres importantes:

Juan Prim y Francisco Serrano.

Ambos habían estado en el exilio.

Ambos regresaron para ponerse al frente del movimiento.

Y ahora imagina a Isabel en San Sebastián mientras empiezan a llegar telegramas.

Cádiz se ha levantado.

Andalucía se suma.

Los generales avanzan.

Más ciudades apoyan la revolución.

Cada mensaje que llega empeora un poco el anterior.

Hasta que aparece la noticia definitiva.

⚔️ 28 de septiembre de 1868

Puente de Alcolea. Córdoba.

Allí espera el ejército leal a Isabel II.

Al frente está el general Manuel Pavía y Lacy.

Al otro lado llegan las tropas revolucionarias dirigidas por Serrano.

El puente cruza el Guadalquivir.

Y durante unas horas allí se decide quién manda en España.

Hay artillería.

Infantería.

Caballería.

Disparos.

Carga.

Contraataque.

Y finalmente…

las tropas de la reina pierden.

El ejército revolucionario rompe la defensa.

El camino hacia Madrid queda abierto.

Y cuando la noticia llega al norte, Isabel entiende perfectamente lo que significa.

Se acabó.

No hay discurso.

No hay remontada.

No hay “a ver qué pasa mañana”.

Hay que marcharse.

🚂 30 de septiembre

Ahora sí.

Visualiza la escena.

San Sebastián.

Carruajes.

Baúles.

Criados entrando y saliendo.

Los hijos de la reina.

Vestidos.

Documentos.

Objetos personales.

Cajas.

Muchas cajas.

Y en algún punto de todo aquello…

joyas.

💎💎💎

Isabel abandona España y cruza la frontera francesa por Hendaya.

Hace apenas unos días era la reina de España.

Ahora es una reina sin reino.

Pero no cruza precisamente con las manos vacías.

Y aquí empieza uno de los grandes líos.

🤔 ¿De quién eran aquellas joyas?

Porque Isabel poseía una colección enorme.

Algunas piezas eran claramente personales.

Compradas por ella.

Recibidas como regalo.

Heredadas.

Pero otras estaban vinculadas históricamente a la Corona española.

Y ahí aparece una pregunta maravillosa:

¿Dónde terminaba Isabel y dónde empezaba España?

Porque durante siglos los monarcas europeos habían mezclado patrimonio privado, patrimonio dinástico y bienes de la Corona de una forma que hoy haría llorar a cualquier auditor.

😂

Ya se habían intentado establecer diferencias legales.

Pero en la práctica…

imagina reconstruir el origen de una tiara después de décadas.

¿Quién la pagó?

¿Fue un regalo al Estado?

¿A la reina?

¿A la reina porque era reina?

¿Se compró con dinero privado?

¿Con dinero público?

¿Había factura?

Buena suerte.

🇫🇷 Y las joyas llegaron a París

Isabel terminó instalándose en el Palacio de Castilla, en la Avenue Kléber de París.

Y allí montó algo parecido a una pequeña corte española en el exilio.

Porque puedes perder el trono…

pero ciertas costumbres cuesta más perderlas.

😏

Seguía teniendo personal.

Seguía recibiendo visitas.

Seguía participando en movimientos políticos.

Y, evidentemente, todo aquello costaba dinero.

Mucho.

Así que parte de su enorme patrimonio empezó a moverse.

Y con él, las joyas.

Algunas fueron vendidas.

Otras pasaron a sus hijos.

Otras se desmontaron para aprovechar las piedras.

Y otras sencillamente…

desaparecieron.

Que es una palabra muy elegante para decir:

“Sabemos que existían, sabemos que salieron de algún sitio y después no tenemos ni idea de dónde acabaron.”

💎 Una tiara puede desaparecer. Un diamante, todavía más.

Ese es uno de los problemas de las joyas.

Una pintura sigue siendo una pintura.

Una escultura sigue siendo una escultura.

Pero una joya puede desmontarse.

Un collar puede convertirse en diez piezas distintas.

Un diamante puede cambiar de montura.

Una esmeralda puede viajar de París a Londres y veinte años después reaparecer en otro collar sin que nadie reconozca de dónde salió.

Por eso seguir el rastro de las joyas de Isabel II se convierte casi en una historia detectivesca.

Hay piezas documentadas.

Otras aparecen décadas después.

Otras pasan de generación en generación dentro de la familia Borbón.

Y otras simplemente se pierden para siempre en colecciones privadas europeas.

👑 En 1870, Isabel hace algo importante

Abdica.

Renuncia formalmente a sus derechos al trono en favor de su hijo:

Alfonso.

Cuatro años después, en 1874, los Borbones regresan a España.

Su hijo se convierte en Alfonso XII.

La dinastía vuelve.

La Corona vuelve.

Pero muchas de aquellas joyas…

no.

Algunas regresarán con el tiempo.

Otras quedarán en manos familiares.

Otras serán vendidas.

Otras cambiarán de forma.

Y algunas terminarán convertidas únicamente en una línea dentro de un inventario antiguo.

🧓 Isabel nunca volvió realmente a ser reina

Pasó gran parte del resto de su vida en Francia.

Vio a su hijo recuperar el trono que ella había perdido.

Vio crecer a sus nietos.

Vio cómo España entraba en una etapa completamente distinta.

Y murió en París en 1904, a los 73 años.

Habían pasado 36 años desde aquella mañana en que salió de España.

Treinta y seis años desde los carruajes.

Las maletas.

Los hijos.

Los cofres.

Y las joyas.

Pero quizá lo más curioso es que, después de todo ese tiempo, una pregunta seguía sin tener respuesta sencilla:

¿Aquellas joyas eran de la reina… o eran de la Corona?

Y esa pregunta tiene algo fascinante.

Porque un gobierno puede caer en unas semanas.

Una reina puede cruzar una frontera en unas horas.

Un régimen puede desaparecer.

Pero el oro…

puede seguir circulando durante siglos.

Sin pasaporte.

Sin bandera.

Y muchas veces…

sin explicar demasiado bien quién es su dueño.

Por eso me gustan tanto estas historias.

El oro y las joyas no solo conservan valor.

A veces conservan también todos los problemas de la persona que los poseyó.

Y viendo que más de siglo y medio después todavía aparecen discusiones sobre regalos, cargos públicos y joyas…

parece que algunas preguntas envejecen bastante mejor que los gobiernos. 😏

Nos leemos mañana,

Jesús — Andorrano Insider

PD: Si quieres darte de baja, puedes hacerlo al final del email. Isabel necesitó una revolución, una derrota militar y cruzar Hendaya. Tú tienes un botón. No me hagas montar Alcolea II. 😂👑

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