Buenos días, Insiders:
Ayer mis hijos querían que les leyese un cuento.
Y aparecieron con uno de esos libros que sabes perfectamente que no has comprado tú.
Tapa desgastada.
Puntas dobladas.
Páginas arrugadas.
Alguna mancha de origen desconocido que probablemente sea mejor no investigar. 😅
El típico libro de 20 cuentos tradicionales que alguien de la familia encuentra haciendo limpieza y decide que ha llegado el momento de que pase a la siguiente generación.
Además, de esos cuentos de antes.
De cuando en los cuentos pasaban cosas malas, los malos eran malos y nadie necesitaba que al final apareciese un psicólogo infantil para explicarles a los niños cómo debían sentirse.
De esos que hoy más de un padre moderno intentaría cancelar antes de llegar a la tercera página por miedo a que su hijo descubra que el mundo no está acolchado.
Ya sabéis de qué hablo. 😂
El caso es que empezamos.
Primer cuento:
La Ratita Presumida.
La ratita encuentra una moneda de oro.
Seguimos.
Segundo:
El Flautista de Hamelín.
Le prometen un pago de 1.000 monedas de oro por librar al pueblo de las ratas.
Tercero:
El pez de oro.
Este, por cierto, yo no lo conocía.
Un pez dorado capaz de conceder deseos.
Y ahí dejé de mirar el cuento y pensé:
Espera un momento.
Tres cuentos seguidos.
Tres historias completamente diferentes.
Y en las tres aparecía el oro.
Oro.
Y me pareció fascinante.
Porque los cuentos infantiles son una especie de cápsula del tiempo.
Van pasando de padres a hijos.
Cambian detalles.
Se suavizan algunas cosas.
Desaparecen otras.
Pero ciertos símbolos sobreviven.
El castillo.
El bosque.
El rey.
El tesoro.
Y el oro.
Durante siglos, si querías explicarle a un niño que algo era valioso, no necesitabas darle una clase de economía.
Ponías unas monedas de oro.
Y lo entendía.
Si el rey ofrecía 1.000 monedas de oro, aquello era una fortuna.
Si alguien encontraba una moneda de oro, había encontrado algo importante.
Si aparecía un pez dorado capaz de cumplir deseos…
Bueno.
Claramente no iba a ser un pez de aluminio. 😅
Y entonces me hice una pregunta.
¿Qué aparecerá en los cuentos que lean nuestros hijos o nietos dentro de 50 años?
Imagínatelo.
“Érase una vez una niña que encontró las claves de acceso a una cuenta de un neobanco…”
No sé.
Le falta algo. 😂
O quizá el príncipe prometa:
“Te entregaré 1.000 tokens de la criptomoneda más popular del reino.”
El problema es que habría que reeditar el cuento cada cuatro años.
O puede que dentro de 50 años los niños ni siquiera entiendan eso de “pagar”.
Quizá el dinero sea completamente invisible.
Automático.
Integrado en algún sistema que ni siquiera percibamos.
No tengo ni idea.
Pero hay algo curioso.
Los sistemas monetarios han cambiado una barbaridad.
Han desaparecido imperios.
Monedas.
Bancos.
Patrones monetarios.
Billetes.
Formas de pago.
Y, sin embargo, coges un libro viejo, abres tres cuentos…
…y allí sigue apareciendo el oro.
Puede que dentro de 50 años los cuentos hablen de otra cosa.
Puede que sigan hablando exactamente de lo mismo.
Pero ayer, sentado con mis hijos y ese libro machacado que seguramente ya había pasado por varias manos antes que las nuestras, pensé que hay algo bastante difícil de fabricar:
conseguir que una idea de valor sobreviva generación tras generación.
Y el oro, de momento, lleva unas cuantas.
La próxima vez que abráis un cuento tradicional con vuestros hijos o nietos, fijaos.
A ver cuánto tardáis en encontrarlo.
Un abrazo,
Jesús - Andorrano Insider
P. D.: Si después de este email empiezas a buscar monedas de oro cada vez que tus hijos abren un cuento, puedes darte de baja al final del correo. Pero yo revisaría antes la cesta de Caperucita. 😂
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